JUAN CARLOS ONETTI PARA UNA TUMBA SIN NOMBRE PDF

Yo, cuando puedo, elijo a Grimm para las familias viejas. Grimm bosteza, se pone los anteojos y abre un libro enorme. Todo eso sabemos. No le hice el gusto. Fue entonces que dijo: — Una gran persona, Federico.

Author:Moll Voodoogore
Country:Benin
Language:English (Spanish)
Genre:Video
Published (Last):3 December 2015
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Yo, cuando puedo, elijo a Grimm para las familias viejas. Grimm bosteza, se pone los anteojos y abre un libro enorme. Todo eso sabemos. No le hice el gusto. Fue entonces que dijo: —. Una gran persona, Federico.

Un servicio perfecto. Un sepelio. Le doy un precio y se queda callado, como pensando. El muchacho es, usted lo conoce, bastante orgulloso, serio. Sin embargo, le dije que no se preocupara por el pago.

No entiendo. Claro que el cochero va y pregunta y en seguida le dicen. Un chivo viejo. A las cuatro y cuarto estaba en los portones del cementerio, acuclillado en el fin de la pendiente del camino, fumando. El verano, las tramposas incitaciones de tantos veranos anteriores, las columnas de humos de cocina en la altura. No llegaron desde arriba, desde el camino de los entierros que todos nosotros conocemos.

Yo fumaba sentado en una piedra; los dos tipos en camisa callaban recostados, las manos colgando, en la cintura, en los bolsillos de los pantalones. Era eso. Luego, sodificada por el sol, trepando flojamente, parda y dorada, la nube de polvo. Eso, este entierro. Un coche cargado con un muerto, como siempre.

Tengo tanta sed que ya no me Importa tomar cerveza o meada de caballo. Diez cuadras y haciendo gambetas y nadie que ayude con las manijitas. Entre el coche, aunque sea hasta la avenida. El chivo y el otro. Un muerto pobre es lo mismo que un muerto rico. No es por eso. Es Indecente. Ni entro ni me bajo. Soy cochero. Que los ayude el chivo. Ahora ya no tengo necesidad de nadie.

Ya no me importa. Nadie puede entender. Puedo ayudar. El chivo no me entra al cementerio. Esto era todo, el resto no me interesa. Gracias, de todos modos. Es raro que me equivoque.

No pienso hacer nada; nada que merezca ser preguntado en ese tono. Una vieja inmunda, en todo caso. Pero no abuela, no llegaba a ser indispensable para que ella hubiera nacido.

Pregunte por la mujer, por la muerta. Si era mi amante, si nos casamos en secreto, si era mi hermana emputecida. Tal vez curar al chivo; ya no a la mujer, sea quien sea. Este va a ser otro entierro. Pero puedo tratar de curarlo. Si toma por la costa puede dejarme en casa. Cuando llegamos no quise ayudarlo a bajar al chivo. Bueno, le doy las gracias por algunas cosas que usted ni sospecha.

No pude conseguir que comiera. Vi que estaba fanfarroneando, que no se le animaba de veras al recuerdo. Acaso usted pueda ayudarme a creerlo o a dejar de creer. Porque da lo mismo. No entiendo nada hasta ahora y me niego a sospechar. Puede ser. Nunca vi verdaderamente la historia completa. Sin contar el chivo, claro. Esto al pie de la letra; todo el mundo, todos nosotros. Yo me salvo siempre. Tal vez ocurra ahora, cuando se la cuente, si encuentro la manera exacta de hacerlo. Acaso tenga suerte.

Vamos a tomar un poco de vino. Lo estuve observando en soslayada despedida, con pena y orgullo. Fue y vino por la sala con el vaso en la mano, sin ruido sobre la alfombra y la estopa de las alpargatas. Y cuando nombro el sufrimiento, me anticipo. Le hago algunas preguntas y contesta bien; se las sabe de memoria.

Entonces, de golpe, le digo venga. Se asusta un poco pero me sigue. No me di vuelta para mirar. A ella no le gustaba nada la cosa y me tocaba el brazo, con miedo de que le diera los billetes al cochero.

Me acuerdo, asombrado de no haberlo visto antes, y hago justo lo que hizo ella. Bueno, era una tal Rita que criaron los Malabia, que era sirvienta, creo, de la loca Bergner, la viuda del mayor de los Malabia.

Nunca pudo clasificar a nadie, nunca mantuvo con nadie relaciones precisas. No amante; dije por abreviar. Rita y Marcos. Era menor de edad y tal vez mi padre hubiera podido evitarlo. En todo caso, no quiso hacerlo. Anduvo con uno u otro por la ciudad, la plaza y los alrededores. Volvieron a Buenos Aires, Tito y usted. La trataba con ese respeto, ese amor por las generalidades, esa necesidad de dignificarse como clase, por encima de las inevitables envidias y fricciones de la libre competencia, que se nota en las conversaciones de puerta a puerta de los tenderos.

Eso era mentira. Era una noche de calor, tormentosa. No estaba. No vino. A pesar de todo, aparte de todo, aparte del placer de una noche entera en primer plano, de la embriaguez de ser el dios de lo que evocaba. Es posible que cuando mi padre reviente. O sin esperar a eso. Puedo hacer cualquier cosa. Pero aquello. Y los dos pensando en lo mismo, yo en silencio y horizontal. Tito dando vueltas y ensayando temas.

Tal vez incluyera al chivo. Estaba en mangas de la popular camisa escocesa mordisqueando la pipa, exhibiendo en un esperanzado simulacro de sonrisa los dientes blancos y agudos. El otro respeto era deliberado y falso; lo usaba para defenderse, para conservar las distancias y la superioridad.

La mujer y el chivo. No necesito que me ayude de ninguna manera activa. Basta con que escuche.

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